Que cómo sé que te amo, simple:
Hay partículas como las que
forman tu teoría sobre el olor que se hilan unas a otras de modos tan rápidos
que en tres segundos ya tengo tu imagen atravesándome la mente. Es también como
hacer armonías, eso que aún no me has explicado, pero yo intuyo que es así, el
sutil arte de ligar la quinta con la no sé qué. Así paso los días recordándote
entre noticias baratas que se repiten una y otra vez. Me alegra porque este es
el principio de un cuento, corto o largo (todavía no lo sé), pero que no se
escucha amargo como todo lo que siempre escribo.
Cada tarde llego a prender mi
computadora marcada con el cinco. Todo parece tan simple, tan normal, no hay
nada de difícil en cortar-poner un poco de atención-y-sintetizar, es hasta
cierto punto algo un poco maquinal. Pero me queda el espacio para hacer
pequeñas anotaciones en una libreta o dirigir mi mirada al cielo en esa exacta
media hora que me dan para comer. Ahí, en ese espacio ínfimo que son 30 minutos
o 1800 segundos es donde todo suele ocurrir.
Pienso, mientras mastico,
mientras respiro o mientras siento el día y la tarde un poco fría por la
entrada del rumor invernal, en cada microdetalle que te construye en mi cabeza.
Puede ser primero un color, algo simple, un tono dicho al azar como el azul,
eso me lleva a mi ropa interior y ese chiste viejo de ponerte mis pantaletas
que me hace reír. Lanzo la moneda y cae está vez un aroma, el humo de tabaco de
cualquier lado y a cualquier hora se ciñe a tu cabello como mis ojos a tu
cuerpo desnudo que se mueve frente a mi. Cómo amo tus hombros. Vienen después
los míos y, juntos ambos, se perfila el recuerdo de un calor abrazador que me
cubre por las noches que se enfrían por la ventana abierta de tu cuarto.
Nada es ordinario, la simpleza de
cada detalle es el toque justo de complejidad para lograr llegar hasta tu
rostro, hacer un recuerdo más grande e ir formando una vida de repasos diario
de mi historia contigo. Después hay que volver al mismo sitio, sentarse con los
audífonos que esta vez no destilan acordes y seguir, seguir cortando hasta que
lleguen las ocho. Tomar el camino de cada día y llegar a casa para oír tu voz,
sin que tú sepas cuánto tiempo al día le dedico al ensamblaje de recuerdos. De
tu recuerdo o de tu voz.
A veces la cosa es más
interesante, los detalles vienen sin que yo los quiera evocar, las partículas
están contenidas en las páginas que alcanzo a leer mientras camino en el metro.
Otras tan sólo saltan de cualquier rincón del camino, la cosa es que estás ahí
todos los días aunque no te logre ver. Estás flotando en cada intento de
palabra que quiero poner en un cuaderno sin tiempo y rosando la punta de la
pluma que a veces se niega a escribir. Pero no te espantes, no hay grado de
obsesión alguna, todavía, no es lo mío pasarme los ratos de la vida buscando
paralelismos entre tú y yo, tratando de sacar fractales de una historia que
a-penas (entiéndase aquí, el único detalle triste de la historia) se va
escribiendo y tampoco es de mi estilo lanzar teorías matemáticas sobre el amor.
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